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El miedo I

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TRANSPARENCIA

POLÍTICA

Erwin Macario

 El miedo I

 —¿Lo único que está pidiendo es

que lo dejen dormir?

—Nada más. No está pidiendo nada

más y nosotros tampoco. Ciro Gómez

 Leyva/ El Universal 

 A pesar de que el nombre de la enfermedad parece le hace alusión personal, El Chapo no puede darse el lujo de tener narcolepsia. Sus carceleros no lo dejarían dormir de día, como tampoco lo dejan dormir de noche. En el tiempo que debía descansar lo levantan cada cuatro horas “para comprobar que estuviera vivo”, según relata Ciro Gómez Leyva en su columna La historia en breve/ Lo único que quiere El Chapo es que lo dejen dormir.

La narcolepsia es un problema del sistema nervioso que provoca somnolencia extrema y ataques de sueño durante el día, como vemos algunos columnistas en nuestras reuniones. Lo contrario al insomnio que tanto preocupa a los mismos colegas en vez de, como lo hago al escribir este texto, ponerse a redactar, a leer o hacer cualquier actividad hasta que el cuerpo mismo pida lo que quiere. Bien se dice que el cuerpo lo sabe, como cuando es viernes. O día de sobre.

Joaquín Guzmán Loera sufriría más si tuviera narcolepsia. Pero le están provocando insomnio en el penal del altiplano donde no sólo lo vigilan día y noche, hasta con perros que conocen bien su olor, para que no vuelva a escapar, sino que no lo dejan dormir. Cada cuatro horas lo levantan, dicen sus carceleros, para ver si no está muerto. Sus abogados dicen que cada dos horas lo torturan —eso es realmente lo que hacen— despertándolo.

El transparentista político no tiene narcolepsia ni padece insomnio, pero tanto Ciro Gómez Leyva como Carlos Loret de Mola lo hicieron desvelarse el martes para escribir este texto. El autor de la columna Historias de reportero nos hace sonreír al inicio de su texto en El Universal: Cuando se va a dormir, Joaquín Guzmán Loera acostumbra taparse por completo: pasar la cobija por encima de la cabeza y cubrir todo su cuerpo.

Hasta ese hábito pone nervioso a sus celadores —comenta.

Y se burla: imagino de inmediato un acto del maestro de la magia David Copperfield cuando coloca una tela sobre una guapa modelo y al jalar vigorosamente el trapo ¡pum! Ella ya no está. Han de pensar que así se les puede escapar ahora El Chapo.

Después , Loret de Mola nos mueve. Al delincuente considerado el más peligroso —y que merece estar excluido de la sociedad, preso, pero sin afectar sus derechos humanos en tal forma— no solo lo mantienen en un silencio extremo, en el que los guardias no pueden dirigirle la palabra, sino que entre las medidas para evitar otra posible fuga —ya no el escape a la Copperfield— el penal cuenta con “cañones de ruido que disparan hondas sonoras capaces de romper el tímpano, además de provocar vértigo a aquellos a quienes apuntan y no se retiran de la zona”.

Sofisticado armamento que me saca del tema carcelario para pensar lo terrible que sería para la represión social, que no está lejana en este país ante el descontento general que va creciendo, lo que es otro tema. ¡Dios, que esta vez esté equivocado!

Si bien del lado del crimen las armas no son arcabuces de siglos pasados, estamos como El Quijote —al recobrar nosotros nuestra capacidad de asombro— sorprendidos por esas armas sónicas, que serían para el ingenioso hidalgo más que hiperdiabólicas.

Por algo exclama en su discurso por las letras y las armas:  Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.

El miedo en que se llega en este texto no es cómo pueden utilizar los cañones de ruido contra la delincuencia sino qué terrible arma de represión sería. Ya me salí del tema carcelario. Retorno mañana viernes. DM.